“RESISTIREMOS HASTA EL SACRIFICIO”
- INSTITUTO DE CIUDADANÍA Y REPÚBLICA INCIRE
- 7 jun 2021
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Lima, 07 de junio del 2019.

Es de noche, la vieja ciudad de los reyes descansa con el otoño que la cubre con su manto nublado, y desprende de ella la típica fisonomía climatológica que antaño cautivó a virreyes y vasallos. “La garúa, la inofensiva “mollizna”, como la llaman los científicos, crea y decora uno de los aspectos vespertinos más propios de la ciudad. Pocas horas más limeñas que esa de las seis de la tarde, de bullicio en los jirones centrales, de honda y crepuscular melancolía en los paseos abandonados. La garúa desciende entonces con una gracia leve y presurosa, arropa las casas con un gorro de neblina y se desliza entre el trajín urbano, hasta que pinta un húmedo brillo en los asfaltos, engarza algunas cuentas de cristal en los alambres telefónicos, estruja el diario de algún lector callejero, amontona junto a las aceras un copioso fango municipal y se disipa, después de haber alucinado a unos cuantos extranjerizantes con su picaresca e insidiosa comedia invernal”[1]. Atrás ha quedado el romántico bullicio de los jirones a los que alude don Raúl Porras. No es bullicio lo que encontramos. El desorden estancado y el chillido atroz de buses y conductores desbordan todo concepto cercano al término aludido por el historiador pisqueño.
Frente al legendario Museo de Arte, emprendemos nuestro camino por el centenario Paseo Colón. Sorteando algunos buses y distraídos transeúntes, llegamos a la histórica plaza que fuere inaugurado el 5 de noviembre de 1905. En ella se destaca, bandera en mano, el héroe que cita a estas líneas.
Don Francisco Bolognesi Cervantes nació en la ciudad de Peralta Barnuebo y de Ricardo Palma el 4 de noviembre de 1816. Destacóse desde joven en la carrera militar. En tiempos cuando las calles republicanas se alistaban para las revoluciones y jaranas, acompañó a don Ramón Castilla en la toma de Arequipa en 1858. Acudió a la defensa del Callao en 1866 y se distinguió por sus periplos a Europa donde se dedicó al estudio y compra de artillería para la milicia nacional. La última etapa de su vida coincidió con el estallido de una guerra desastrosa, irónica hasta en el nombre, la Guerra del Pacífico.
Penetramos la amplia plaza. En el centro destaca el monumento que conmemora una de las jornadas más gloriosas de la ya lejana guerra del 79. El monumento no encuentra más compañía que unos cuantos felinos, cual guardianes patriotas, nos miran celosamente mientras nos acercamos. Advertimos el sereno temple del lugar; extraño para estar rodeado de una turba de máquinas de cuatro ruedas. Ante la efigie de la Batalla de Arica parece que la tierra y el tiempo saben guardar respeto.
Nos llama la atención el grabado en bronce del óleo que inmortalizara la memorable escena en la que el coronel Bolognesi pronunciara su sentencia definitiva:
“Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”.
De hecho, advertimos la no fiel reproducción de la obra del pintor peruano Juan Lepiani, puesto que a la histórica Junta del 5 de junio de 1880 acudieron 15 jefes de la milicia ariqueña, y no 13 como se cuenta en la reproducción que expone la plaza que visitamos.
Superando la imperfección del grabado, reflexionamos sobre aquel 5 de junio. Había llegado a temprana hora de aquel día a la casa de don Francisco Bolognesi el parlamentario mapuche, Juan de la Cruz Salvo. Su misión: solicitar la capitulación peruana y la captura inmediata de Arica por el ejército chileno. De la respuesta a tal pretensión, saldría una de las jornadas más memorables de aquella fatídica guerra, y consumado los hechos, el ejército peruano ganaría a un nuevo y máximo héroe.
Tras la captura de Tacna por el enemigo, a las veintidós horas del 28 de mayo de 1880, el coronel Francisco Bolognesi, máximo jefe de la plaza de Arica, convocó a Junta de Guerra en el que se definió el futuro de la resistencia de Arica. El veterano coronel con firme iniciativa apostó por “quemar el último cartucho” por la defensa del honor y la patria que le estaba encomendado. Así lo confirman los cables peruanos y chilenos en el que se transmitía la resolución unánime de los altos Jefes de Arica.
-“Arica no se rinde –escribía Bolognesi al comandante general de Arequipa- resistirá hasta el sacrificio”.
Sin duda, una débil esperanza de victoria abriga el solemne juramento de Bolognesi y los suyos, esto lo sabe bien el ejército peruano y chileno. Un jefe militar del ejército nacional escribe a Piérola el 31 de mayo: “Nada sabemos hasta ahora de Arica, pero su pérdida es irremediable”. El estado psicológico de los hombres, que en incontables ocasiones es determinante, juega un papel decisivo previo a la cita final del 7 de junio. Tacna se encuentra ocupada, Montero –Jefe del Ejército Peruano del Sur- se retira al norte ante la inminente derrota, Leiva[2] y sus tres mil hombres demoran en llegar, la incomunicación en el ejército peruano es desesperante, Arica empieza a ser bombardeada la mañana del 6 de junio.
La defensa de Arica se enfrentaba no solo a la falta de tropas[3], sino a la miseria económica. Se llegó al ilusorio hecho de no contar con dos reales para la compra de una vasija que sirviese para manejar los ácidos destinados para la planta de las minas. “A mediados de mayo –de 1880- sólo un batallón tenía uniforme y muchos soldados vestían con la jerga con que salieron de su terruño; no había ninguna clase de cartucheras y correaje; en vez de zapatos calzaban ojotas; y el armamento consistía en una mezcla de rifles Peabody, Remington, Chassepot y Minié. Ni un solo ejército de fuego hasta entonces se había intentado y gran parte de la tropa ignoraba hasta el manejo del rifle. Faltas más graves minaban la disciplina”[4]. Es aquí cuando recordamos las posteriores y lapidarias líneas escritas en aquella biblia de acero –como lo rotulara Cesar Vallejo a Páginas libres- del maestro González Prada: “Nosotros no caímos porque las guerras civiles nos debilitaran o nos esquilmaran. Luchas más desgarradoras y tenaces que las nuestras sostuvieron Argentina, Venezuela, Colombia y particularmente México. Caímos porque Chile, que veía mientras Perú dormía, nos sorprendió pobres y sin crédito, desprevenidos y mal armados, sin ejercito ni marina”[5]. Quedamos a la postre de una guerra que se decidió por el planeamiento de una de las partes y la improvisación de la otra.
Difícil nos resulta resumir con la tinta y la prosa lo que fue escrito con sangre y la bravura del honor. ¡Cuántas lágrimas y lamentos sufrieron los nuestros aquellos espantosos años de guerra! Nos imaginamos a nuestro coronel, sentado en el viejo mueble de su modesto hogar cerca al morro, sitio que en contadas horas presenciaría el sonido de su último cartucho. Nos imaginamos también a ese acaudalado joven de Tarapacá que previo a su viaje a Europa resolvió por la defensa de su patria poniendo al servicio su fortuna y su propia vida. ¡La historia te recuerda, cuando no los peruanos, nuestro noble y valeroso Alfonso Ugarte! Pensamos en el almirante Juan More, quien después del naufragio de la Independencia dijo: “He perdido el buque que la nación me confió; asumo la responsabilidad y pagaré con mi vida el desastre”; y emprendió rumbo a Arica para perpetrar así su última voluntad. Imaginamos en conjunto a todos los hombres reunidos el 5 de junio de 1880, ¡cuántos de ellos encontrábanse en el umbral de la vida! Acudieron sin protestas a la cita final que es la muerte, porque ella significaba honra para sus padres y abuelos; y vida y libertad para sus hijos y nietos.
Nos conmueve las siguientes líneas que Basadre dedicara a los valerosos hombres de Arica: “Cuando todo se apagaba, él –se refiere al coronel Bolognesi- y sus compañeros estuvieron allí con su decisión irrevocable que los revestía de una sagrada tristeza y los circundaba de una perenne claridad. En ellos la dignidad humana fue superior a la muerte. Antes de pronunciar sus famosas palabras, la mirada silenciosa y honda del héroe conoció y superó todas las infamias del mundo, vio toda la guerra con la extraña soledad que infunden el honor y la energía del hombre libre y el limpio afán de proceder bien. Un pueblo entero pasó en unos minutos por aquella habitación desmantelada con sus equivocaciones y sus pecados y sus sueños de grandeza y su futuro esplendoroso. Le cayeron los años sobre el rostro al viejo coronel y habló como después de muerto. Una llama clara e intensa brilló en los ojos mientras el aire de la mar jugaba con sus cabellos canos. Su palabra centelló como el acero arrebatado de un golpe a la vaina. Dijo solo una frase breve y ella quedó viva acallando luego el estrépito del combate y las dianas de la victoria. Flamea como una bandera al viento de la historia. […] Hay diferentes modos de dormir en la soledad de las tumbas. Bolognesi y sus compañeros están siempre acompañados por un cariño y un respeto espontáneos y multitudinarios porque, al inmolarse, le dieron al Perú algo más importante que una lección de estrategia: le dieron símbolos nacionales, aliento misterioso para el alma colectiva. Y es que el dolor puede ser la mejor fuente de júbilo, de reanudamiento, de tarea nueva”[6].
Que no sean nuestros ventrales los que vengan a darnos hoy lecciones de heroísmo. Recuerde esta y las próximas generaciones a los Bolognesi, a los Grau, a los Ugarte y a toda esa muchedumbre anónima que derramó lágrimas y sangre por la patria, por esa tierra que es tumba de nuestros padres y cuna de nuestros hijos.
Nos vemos frente al ocaso de nuestra visita. Con reverencia protocolar nos despedimos de la histórica plaza y con ella de los felinos que ahí siguen y seguirán con su disciplinada vigilancia. Volvemos a insertarnos en aquel monstruo de mil cabezas. Entre aquel manto húmedo de la ciudad parece desprenderse de la plaza una última lección, señalada por el prolífico historiador tacneño, que es epitafio para nuestra visita:
“El que muere si muere donde debe, vence y sirve”.
KEVIN DE LA CRUZ
Escrita hace un año, la crónica que publico ahora es de aquellas que mejor cariño guardo. En ella puse el empeño que solía ponerle a mis accidentadas carreteras erigidas en los montículos de tierra que encontraba cercano a mi hogar, para dar paso así a mis soñados automóviles. Disfrutaba tanto de aquellos días como disfruté al escribir este que está destinado a ser un anónimo homenaje a los hombres que hace 140 años murieron defendiendo el honor no solo de Arica, sino de nuestra patria.
«Debí yo haber nacido –solía decir José Santos Chocano- no en esta edad sin gloria, sino en un tiempo heroico que nunca volverá.»
Es la dignidad de morir por una causa lo que me conmueve, lo que quizá extraño.
[1] PORRAS, B. (2005). Pequeña antología de Lima. El nombre del Perú. Lima: El Comercio. P. 22.
[2] Segundo Leiva, coronel peruano, salió el 26 de mayo de Arequipa en dirección a Tacna cuando enteróse de la caída de dicha ciudad. Por el desorden de los telegramas y el desaliento, que allí había, Leiva volvió a Arequipa, cuando Piérola había dado órdenes para que este dirigiera sus tropas a Arica y se uniera a Bolognesi. Pero Leiva tuvo conocimiento del comunicado de Piérola recién el 8 de junio, cuando ya todo estaba consumado. El mismo Bolognesi, el 5 de junio, escribía: “Apúrese Leiva. Todavía es posible hacer mayor estrago en el enemigo victorioso. Arica no se rinde y resistirá hasta el último sacrificio”. Sobre los detalles del hecho descrito, consultar la monumental obra de Jorge Basadre en el tomo que corresponda a la edición consultada.
[3] Según fuentes oficiales se sabe que el ejército peruano alcanzaba los 1,904 hombre frente a los 6,564 hombres chilenos. [4] BASADRE, J. (1962). Historia de la República. Tomo V. Lima: Talleres Gráficos P. L. Villanueva. Quinta edición. P. 2420. [5] GONZÁLEZ-PRADA, M. (2005). Páginas Libres. (Perú y Chile). Lima: El Comercio. P. 63.
[6] BASADRE, J. (1962). Historia de la República. Tomo V. Lima: Talleres Gráficos P. L. Villanueva. Quinta Edición. P. 2428.


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